RENACER DEL CUENTO POLICIAL EN EL PERÚ
“La presidenta cayó como un bloque de concreto frente a todos. La mayoría pensó que se había desmayado e inmediatamente su seguridad hizo un cerco para que recibiera aire. El Médico de Seguridad del Estado la revisó y se quedó callado durante varios tensos segundos. No podía creer lo que estaba pasando. Miró a los oficiales a su alrededor y la frase le salió como un hilillo: la presidenta está muerta…”
Este es el primer párrafo del cuento policial Tras el Cerco (2025) de Jim Alexander. Una publicación que revive el género policial en la literatura peruana. Un género que, si bien presente y vigente, no ha ocupado nunca demasiado protagonismo en las letras de nuestro país; por ello, son escasos los exponentes de este género, siendo tal vez, la más importante novela policial escrita en el Perú, la de nuestro Nobel de Literatura: ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986).
En Tras el Cerco el asesinato de la presidente de la República inicia todo un complot tecnológico, dos detectives, un científico medio loco, dan vida a una trama policial que culmina de manera inesperada. Este cuento se complementa con El Cónclave (2025), donde se mezcla la corrupción política con la disyuntiva ética policial, en un contexto nacional muy fácil de identificar, pero como, en toda ficción, no es como fue, sino como pudo haber sido ante los ojos del autor. Ambas historias poseen un personaje interesante: Sócrates Huamán, un hombre sumamente inteligente, con amplios conocimientos y contactos. Una mezcla de Robet Langdon, Sherlock Holmes y brujo ayacuchano.
Los cuentos policiales tienen la capacidad de transformar la intriga en un motor cognitivo. El enigma, el crimen y la investigación no funcionan únicamente como recursos narrativos, sino como invitaciones al lector a pensar, inferir, dudar y reconstruir sentidos. Leer un cuento policial implica participar activamente del texto: cada pista es un desafío intelectual y cada giro narrativo estimula la reflexión lógica y ética.
Los cuentos de Jim Alexander exponen realidades complejas y profundas: la violencia, la corrupción de los políticos, la injusticia en nuestro país, pero desde una perspectiva desde donde la fantasía oculta a los personajes originales, los reelabora, los caricaturiza, pero también los muestra en sus aspectos más oscuros.
La virtud de los cuentos no solo está en la reconfiguración del mundo, sino el uso de la fantasía, no como evasión, sino una manera profunda de comprender y resignificar la experiencia humana, de crítica frente a la realidad. Después de todo, como decía nuestro Nobel de Literatura, la literatura es un acto de rebeldía, nos rebelamos contra la realidad, recreándola.
De esta manera, Jim Alexander continúa la senda de otros importantes autores peruanos como José Adolph, con sus cuentos mezcla de intriga, ciencia ficción y lógica policial; y Carlos Calderón Fajardo con sus historias cortas que mezclan el género policial negro y lo fantástico. Hay que leerlos.